Okupación y Comunidad

Respuesta a la Intervención de Ruyman Rodríguez por Laia Vidal, Grup de Reflexió per l’Autonomia

 

El artículo de Ruymán Rodríguez tiene dos partes, una sobre okupación y la otra sobre comunidad. Y las relaciona…hablando tanto de los limites de la okupación activista como los de la okupación por necesidad, y después de los límites de la comunidad en términos generales. Se podría titular pues «Los límites de la okupación y los límites de la comunidad».

En él la okupación activista queda muy mal parada, porque es cierto que durante mucho tiempo se ha okupado por voluntad y no por necesidad, en una sociedad de la abudancia como la nuestra. Paradojicamente es quien más tiene quién más crítica puede hacer a lo que hay, porqué lo ha probado, ha vivido en ello y de ello, y es consciente de lo que tiene que perder. Pero a quien no ha tenido y no tiene siempre le da la sensación que si tuviera estaría mejor, y no puede renunciar tan facilmente al espejismo social que por defecto le ha excluido, no puede renunciar a aquello que no conoce.

El artículo no tiene en cuenta que la okupación activista de espacios hasta cierto punto no crea espacios de vivienda para gente necesitada porque su voluntad es más de carácter cultural-social y no tanto de necesidad primaria. Aunque esto ha cambiado mucho en los últimos años. Como precedente de okupación con un carácter más social y que quería salir del guetto político hay que citar a la PHRP (Promoción de Vivienda Realmente Pública), un precedente de lo que después fue la PAH. La PHRP tenía el proyecto de que la okupación fuera algo mucho más allá del activismo político, que cualquiera pudiera okupar, y tuvo conflictos con los colectivos okupas más «tradicionales» de Barcelona, que le recriminaban un supuesto apoliticismo. Esta trataba de subvertir las políticas institucionales a partir de campañas de guerrilla urbana, nada que ver con la cooptación de algunos colectivos de vivienda que ha ocurrido después. Si bien también demandaba medidas a tomar por parte de los poderes públicos, utilizaba sobre todo en la práctica la acción directa, viendo que sus demandas eran difíciles de asumir o largas.

La okupación por su idiosincracia puede provocar unos determinados problemas, por ejemplo al ver las casas como algo de paso, al no sentirlo «suyo», se puede tender a currarselo menos, a cuidarlo menos…y la precariedad vital puede conllevar precariedad de prespectivas y del proyecto. Por contra, otros modelos que requieren más compromiso, como la compra colectiva, nos obliga a responsabilizarnos más y nos da más estabilidad y seguridad, que al mismo tiempo se nos puede girar en contra como dice el mismo Ruyman cuando habla de que la estabilidad puede generar estancamiento, sobretodo si el proyecto se concibe como un fin en si mismo, para satisfacer las necesidades de los usuarios, y no como una parte de una estrategia más amplia de transformación social que va más allá de la gente que lo compone en un determinado momento.

Respecto a su crítica a las comunidades, en general se podría decir que las comunidades actuales son mucho más prácticas, mucho más centradas en necesidades, más pragmáticas incluso, que las anteriores. Estamos hablando de personas concienciadas que quizás no comparten tanto una ideologia única sino más bien unos valores, una forma de ver y vivir la vida. No es lo mismo las comunidades utópicas del siglo XIX y las hippies de los XX, de las que habla Ruymán, que las experiencias más actuales. Quizás se podría objetar que actualmente han perdido idealismo, pero por contra se centran en vivir de otra forma aquí y ahora; también muchas no se aislan de su entorno social sino que buscan contribuir a él y hacer sinergias, saliendo de la hostilidad que otrora las enfrentaba al mundo. El nivel de dogmatismo es inferior, puesto que hay en ellas una voluntad de integrar personas con perfiles diferentes, aunque sea en varios grados de implicación, reconociendo las necesidades individuales y que la forma de maximizar el potencial revolucionario de cada quién puede ser distinto, sin por ello ser la persona menos «pura». Por eso creo que se está desarrollando una nueva forma de entender la comunidad en el siglo XXI. El tiempo dirá si se mantienen los mismos escollos que en el pasado o si sobrellevamos ciertas cuestiones a un nuevo nivel de construcción de la realidad.

El accento en la propiedad colectivizada-socializada, y no tanto en el colectivismo de la vida, sí se aleja de las tendencias actuales en los movimientos sociales. De hecho, desde muchos lugares se reivindica el «poner la vida en común», para curarse del economicismo imperante en nuestros tiempos y del solo actuar interesado, se intentan valorar más los cuidados, los tempos, los procesos…Así, no sería tan importante qué estructuras tenemos sino que formas tenemos de relacionarnos, y que estas sean cooperativas, colectivas, basadas en el apoyo mutuo…más allá de si todas compartimos el mismo techo o si los medios de producción y reproducción están colectivizados realmente. Otra forma de entender la comunidad en nuestros días de despojo, quizás no sólo en un sentido material, por mucha falta que haga la materialidad.

Estamos con Ruymán cuando remarca que nos cuesta mucho no ser críticos con la gente que consideramos que «tendría que ser perfecta según los estándares anarquistas» y seguramente nos desilusiona más esto que no si alguien «no explícitamente anarquista» comete faltas. Esto mina la resistencia a la frustración en nuestros proyectos y pone un estándar de exigencia personal quizás poco real y deseable. Por otro lado, la desilusión también impera si actuamos en un ámbito social más amplio, puesto que otra creencia anarquista es que la naturaleza de las personas es esencialmente buena y en la realidad vemos que muchas veces no es siempre así -sea por lo que sea-. Andamos así decepcionados tanto por nuestros compañeros como por las personas a las que «ayudamos». Visto lo visto, ¿cómo mantener el idealismo sin frustrarse por las limitaciones humanas y las lacras del sistema imperante?

Los referentes teóricos de los que bebe el artículo son Nietzche, Stirner….Thoreau…todo referentes del anarquismo individualista por excelencia o bien pensadores utópicos del siglo XIX. De Nietzche se ha dicho que es el filósofo del odio y se han mostrado sus relaciones con el movimiento nazi. Se echan en falta los filósofos y pensadores políticos de las corrientes de la autonomía, como por ejemplo Cornelius Castoriadis, Murray Bookchin o Takis Fotopoulos, los cuales no conciben una autonomía individual sin una autonomía colectiva y que tratan de dar un marco de actuación para los proyectos del anarquismo social, el anarquismo organizado, o el socialismo libertario. Podríamos decir que estas corrientes pecan de no ser realmente «sociales», al menos en un inicio, puesto que el grado de consciencia que las implusa es elevado, pero esta situación puede cambiar a bien al juntarse con las necesidades de nuestro tiempo, que harán bajar estas teorías a pie de calle, y juntarse con el sentido común popular, que es de dónde realmente salen. El énfasis en el individualismo que hace Ruymán parece una cura contra el colectivismo y la anulación de las capacidades individuales frente a un colectivo abstracto en el que a veces hemos dejado recaer nuestra empancipación y saco de evitación de nuestras responsabilidades intrínsecas, pero creemos que las tendencias actuales nos llevarán a una sinergia mucho mayor entre individuo y colectivo, a un «colectivismo individualista» si se quiere. Las nuevas teorías de sistemas también indican una relación simbiótica entre el todo y las partes, en la cual la comunidad sería un organismo vivo con sus distintas partes constituyentes, y se habla ya de un sistema holográfico.

Por último y relacionado con lo anterior, también es fundamental entender las bases que alimentan a una comunidad desde sus inicios. Hoy en día muchas comunidades son flojas porque empiezan simplemente con el deseo de vivir juntos, sin más, los individuos cada vez tienen menos individualidad y se agarran al hecho comunitario para cubrir sus propios vacíos. Mal punto de partida…Pero si las comunidades se plantean desde la base de individuos fuertes o dispuestos a hacerse fuertes juntos, con crítica y autocrítica, desde el amor, y con una prespectiva ética y política, un programa y una estrategia orientadora que las situe en un marco más amplio, creo que tendremos otra receta para nuevos avances revolucionarios en el siglo XXI, paradójicamente el siglo de un individualismo sin individualidad y de un colectivismo sin convivencialidad, tendencias que tenemos que ir revirtiendo.

Laia Vidal, Grup de Reflexió per l’Autonomia

 

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